Publicado en el Diario SUR de Málaga el 8 de enero de 2026
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| Crédito: Diario SUR |
Conviene decirlo con claridad: no estamos ante un conflicto social real ni ante una reivindicación nacida de nuestra historia o de nuestras sensibilidades colectivas. Estamos, más bien, ante un ejemplo de manual de cómo determinados marcos culturales y debates ajenos pueden aterrizar en nuestras comunidades a través de medios, redes y discursos externos, generando controversias que no responden a nuestra realidad, sino a la necesidad de algunos de trasladar a otros países los fantasmas de su propio pasado.
Porque esa es la clave. Este debate no nace aquí. No surge de nuestras plazas, de nuestras familias, de nuestras hermandades, ni de quienes participan con ilusión en las cabalgatas año tras año. Llega desde sociedades con una historia muy concreta de segregación racial, discriminación estructural y culpa histórica acumulada, que han desarrollado, con razón en su propio contexto, una sensibilidad muy marcada hacia determinadas representaciones simbólicas. Pero una cosa es comprender ese recorrido histórico, y otra muy distinta es aceptar sin matices que esas categorías se apliquen mecánicamente a tradiciones que tienen significados completamente diferentes en nuestro país.
En España, y en Andalucía en particular, la representación de Baltasar jamás tuvo un carácter de burla, humillación o ridiculización. No formó parte de un pasado de exclusión racial, ni fue instrumento de dominación o desprecio hacia nadie. Muy al contrario, nació y se mantuvo como un acto festivo, devocional, comunitario y profundamente integrado en el imaginario colectivo. Decenas de generaciones hemos crecido viendo a vecinos, médicos, maestros, sacerdotes, empresarios o trabajadores encarnar con emoción a los Reyes Magos, y lo han hecho desde el respeto, la ilusión y el sentido simbólico que todos entendemos.
Resulta, por eso, especialmente llamativo que desde ciertos ámbitos mediáticos se intente reinterpretar esa realidad utilizando un lenguaje importado: “row”, “blackface”, “outrage”… términos que describen procesos históricos que no son los nuestros, pero que de pronto parecen explicar todo lo que aquí sucede. Esa operación cultural no es inocente: al reformular nuestras tradiciones con conceptos ajenos, se introduce la sospecha donde nunca la hubo, se proyecta culpa donde no existía y se intenta forzar a la sociedad andaluza a posicionarse en un terreno que no le pertenece.
Esta forma de fabricar polémicas tiene, además, un efecto perverso: convierte en “conflicto social” lo que no pasa de ser una discusión artificial alimentada desde fuera. Se da voz a actores externos, se amplifican reacciones minoritarias o marginales, y se presenta todo ello como si hubiera una indignación generalizada que, sencillamente, no existe. Basta hablar con la gente de a pie, con las familias que acuden a las cabalgatas, con quienes organizan estos eventos en barrios y municipios, para comprobar que la enorme mayoría vive esta tradición con normalidad, afecto y orgullo.
Y aquí conviene detenerse también en el papel de ciertos medios de comunicación que, lejos de contribuir a la serenidad y a la contextualización, se hacen eco de estas “controversias importadas” desde una perspectiva puramente política. En lugar de analizar con rigor si existe realmente un problema social de fondo, convierten cualquier chispa en un instrumento de desgaste, un pretexto más para atacar o defender gobiernos, siglas o personas.
Esa lógica de trincheras no solo no aporta claridad, sino que intensifica la polarización y erosiona la convivencia. Se sacrifica la concordia, que debería ser una aspiración mínima, especialmente en estas fechas, a cambio de unos titulares rápidos y una polémica que dura 48 horas, pero deja posos de desconfianza y división. Resulta paradójico que, apenas días después de desearnos paz, unidad y buenos propósitos por Navidad, algunos se esfuercen en reabrir debates artificiales que nada suman al bien común.
Por eso, lejos de incomodarme, me alegra que el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno, haya dado un paso al frente y haya contribuido a poner fin a esta deriva de “correctismo automático” que, en nombre de una supuesta sensibilidad superior, termina siendo profundamente desarraigada. No se trata de defender una postura por mero gesto político, sino de reivindicar algo más profundo: la legitimidad de nuestras tradiciones y nuestra capacidad para interpretarlas desde nuestra propia historia y no desde marcos ideológicos importados.
Algunos sostienen que la única forma correcta de representar a Baltasar es que lo encarne una persona negra, aunque no tenga vínculo alguno con la tradición cristiana, aunque ni siquiera comprenda su significado simbólico, aunque su presencia esté motivada exclusivamente por cubrir una cuota de corrección cultural. Yo, sinceramente, no lo comparto. Prefiero, como creo que muchos andaluces prefieren, a una persona que vive la representación desde dentro, que entiende su sentido religioso y festivo, que participa en ella con devoción y responsabilidad, y que lo hace sabiendo que su papel conecta con la emoción de miles de niños.
Forzar lo contrario, imponerlo casi como una obligación moral importada, no solo desnaturaliza la tradición, sino que presupone que nuestra sociedad es incapaz de distinguir entre burla y símbolo, entre caricatura y representación. Y eso, además de injusto, es profundamente condescendiente.
No debemos aceptar que se nos explique desde fuera cómo debemos sentirnos, qué debemos interpretar o qué debemos considerar ofensivo. Menos aun cuando quienes tratan de hacerlo lo hacen desde el peso de su propia historia, desde culpas que no son las nuestras y desde categorías que no describen nuestra experiencia colectiva.
Esto no significa cerrar los ojos al diálogo cultural ni negar que toda tradición puede y debe ser revisada con el paso del tiempo. Pero la revisión auténtica nace de dentro, del sentir social, del debate sereno entre quienes comparten un marco cultural común. No de campañas mediáticas que buscan construir polémicas donde no las hay, ni de análisis apresurados que se limitan a encajar nuestra realidad en esquemas ideológicos prefabricados.
Aceptar sin resistencia esos marcos importados nos conduce a algo peor que una discusión puntual: nos lleva a dudar de nosotros mismos. A desconfiar de nuestras tradiciones. A creer que solo somos legítimos cuando otros, desde fuera, nos otorgan permiso para serlo.
Y no es así.
La concordia, esa palabra que tanto repetimos en Navidad y que tan poco practicamos el resto del año, exige prudencia, respeto y sentido común. Exige no fabricar debates estériles, no encender fuegos simbólicos donde nunca hubo llamas, y no utilizar nuestras tradiciones como “munición política”.
Andalucía no necesita que nadie la eduque desde fuera sobre su historia ni sobre sus símbolos. Nos conocemos bien. Sabemos lo que somos. Y también sabemos cuándo un debate no es más que ruido importado.
Y este, sin duda, lo es.
